miércoles 2 de diciembre de 2009

La lluvia de los pasajes

Si uno camina por la calle Emilio Mitre a la altura del parque, seguramente, se verá tentado de apurar el paso para que la lluvia no lo alcance. Si bien rara vez caen gotas en esa calle, es muy común que se vea desde allí la tormenta torrencial que cae a unas cuadras, todos los días desde hace casi 5 años.

La zona de los pasajes, que se encuentra entre Emilio Mitre y José María Moreno, está acorralada en una muy rara situación climatológica: hace cuatro años, once meses y dos días llueve las 24 horas.

Hubo épocas de leves lloviznas en donde todos aprovechaban a calzarse los cortos y hacerse una escapadita al parque (en donde nunca llueve, pero es otra historia) a disfrutar de los días de pocas gotas. Sin embargo, “pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento”.

También pasaron momentos en donde las lluvias torrenciales llenaban de agua las calles de los pasajes y se metía por las puertas de las casas e inundaban los patios. Los cielos, llenos de nubes, se pintaban de negro, se hinchaban y, entre truenos, relámpagos y rayos, empezaba a caer una lluvia torrencial. Las ventanas de las casas rechinaban, vibraban con cada trueno, los pisos se movía y el agua que entraba por las puertas pudría los muebles de madera.

Acostumbrados a las lluvias permanentes, los habitantes de ésta zona de Parque Chacabuco comenzaron a quedarse cada vez más dentro de sus casas. La pasividad ante el fenómeno climático se convirtió en una constante de los vecinos.

La lluvia que cae en esa zona desde hace tiempo alteró la percepción de las personas del lugar. El estar envueltos entre lluvia hizo que entre ellos ya no se distingan bien, que no diferencien sus rasgos, que ya no reconozcan en sus seres queridos aquellas cosas que los identificaba. Esa lluvia que cae desde hace tiempo ha convertido esta zona del barrio en un lugar en donde ya casi no se puede ver.

El noruego Sven Kunsen, que vivía en el pasaje La Igualdad, es un caso prototipito de lo que ocurre en la zona. Kunsen come a cualquier hora, embarrado de pies a cabeza, y en un rincón de la cocina, contestando apenas a las preguntas ocasionales de su esposa. Es tal el cambio de la percepción en la zona que él mismo “creyó que su temeridad era diligencia, que su codicia era abnegación y que su tozudez era perseverancia, y le remordieron las entrañas por la virulencia con que había despotricado contra su desidia”.

Otro caso importante que dejó la constante lluvia es el de gordo Christian Detuisa. En un desenfrenado sentimiento de complacer la voluntad de las personas que lo rodeaban Detuisa confundió, en medio de tanta lluvia, su egoísmo por estar presente en los problemas de todos con querer ayudarlos. El gordo, al día de hoy, sigue llenándose el pecho con la cantidad de revelaciones que ha conseguido de sus amistades sin darse cuenta que era él quien más las necesitaba.

Lo que ocurre con el amor es, tal vez, lo más extraño de todo lo que trajo la lluvia a la zona. Acostumbrados a casi ya no verse, el amor que sienten las personas del lugar de los pasajes se ha convertido más en costumbre, que en compartir y en entrega. Lo que une a las personas de allí es su historia en común, su pasado juntos, el recuerdo del momento en donde más se amaron. El amor es una mezcla de sentimientos pasados, en donde la costumbre a mantenerse unidos es la base de la relación.

Lo único que esperamos los que vivimos en Parque Chacabuco es que esta lluvia pare y que no deje las ruinas que dejó en Macondo. Esperamos que esa lluvia torrencial que cae hace tiempo en los pasajes sea un nuevo punto de partida y no aquella situación que describía la pluma de García Márquez:

“Macondo estaba en ruinas. En los pantanos de las calles quedaban muebles despedazados, esqueletos de animales cubiertos de lirios colorados, últimos recuerdos de las hordas de ad-venedizos que se fugaron de Macondo tan atolondradamente como habían llegado. Las casas paradas con tanta urgencia durante la fiebre del banano, habían sido abandonadas. La compañía bananera desmantelé sus instalaciones. De la antigua ciudad alambrada sólo quedaban los escombros. Las casas de madera, las frescas terrazas donde transcurrían las serenas tardes de naipes, parecían arrasadas por una anticipación del viento profético que años después había de borrar a Macondo de la faz de la tierra. El único rastro humano que dejó aquel soplo voraz, fue un guante de Patricia Brown en el automóvil sofocado por las trinitarias. La región encantada que exploré José Arcadio Buendía en los tiempos de la fundación, y donde luego prosperaron las plantaciones de banano, era un tremedal de cepas putrefactas, en cuyo horizonte remoto se alcanzó a ver por varios años la espuma silenciosa del mar”.

lunes 23 de noviembre de 2009

El semáforo de la calle Malvinas Argentinas y Directorio



Cuenta la leyenda que en la esquina de Malvinas Argentinas y Directorio, en el barrio de Parque Chacabuco, la muerte se había apoderado de un semáforo y la gente moría esperando que se ponga verde.

Dicen que más de seiscientas personas sucumbieron esperando en vano que la luz cambie del rojo al amarillo y luego al verde. A su vez, la leyenda contaba que un grupo de hombres asaltaban los coches de las personas que morían en la espera. Robaban los carros y comían los cuerpos, sin dejar rastros o prueba que demuestre lo que la leyenda dice.

Durante años, luego de que la historia tomó popularidad, nadie pasó por esa esquina, ni siquiera los peatones. Ninguno quería tentar a la suerte.

El quiosco que estaba en la esquina cerró y nunca más se supo del viejo Lartiaga que lo atendía. Algunos comentaron que murió en un accidente de autos cuando chocó al cruzar Belgrano y 9 de Julio, en Rojo.

Gerardo Gutiérrez, el distinguido profesor de semiótica de la Escuela Colegium, dedicó toda una monografía explicitando científicamente las cuestiones de aquel semáforo. Rescatamos de la biblioteca de la escuela Colegium un párrafo que citamos a continuación.

“Es fundamental arrancar la exposición, estimadísimos alumnos de sala de dos años, aclarando que es científicamente imposible que un semáforo esté eternamente con su luz en colorado. Partamos del punto en que en algún momento la lamparita se acaba y deja de iluminar.

Teniedo en cuenta este aspecto debemos entender el valor metafórico de la leyenda: ¿cuantas veces tuvimos semáforos en rojo en nuestra vida? ¿Cuántas veces agarramos otro camino para solucionar nuestros problemas, escapando a aquella luz colorada que nos detenía?

Toda leyenda tiene un sentido en el valor metafórico que contiene; y ese es el significado verdadero.

(…) Igualmente pese a todo lo expuesto debe aclarase que quien ha realizado esta monografía no ha tenido la posibilidad de verificar empíricamente si la luz del semáforo cambia. Tampoco quiero tentar a mi suerte”


El trabajo de Gutiérrez sirvió como empuje para muchos otros hombres de ciencia que intentaron derribar la leyenda a través de estudios físicos, matemáticos y hasta biológicos.

Es famoso el estudio filosófico de uno de los hombres de ciencia que partía de la siguiente deducción: “Solo Dios es eterno; la muerte no es Dios; la muerte no es eterna; la muerte está en el semáforo; ergo, la luz roja del semáforo no es eterna”.

Teoría que fue rechazada rápidamente acusada de tendenciosa porque partía del supuesto de la existencia de Dios.

Muchos de los hombres sensibles, poetas en su mayoría, se unieron a la idea del semiótico Gutiérrez.

Les fascinaba la idea de que aquella historia, en realidad, encerraba un significado. Ellos se encargaron de correr la bola y agrandar más algunos aspectos de la leyenda.

El objetivo era atraer a nuevos curiosos para mostrar luego sus explicaciones alegóricas. Así, inventaron al personaje Leopoldo Gorriosti que, según ellos, había pasado el semáforo en rojo. Según inventaron los hombres sensibles, Gorriosti no solo murió en el intento, sino que además le cobraron una multa impresionante a su familia. Todos los de la sangre de Gorriosti fundieron y murieron de hambre. Todo por desafiar los poderes del semáforo.



Todas las historias de los hombres sensibles se fueron por la borda cuando un conductor del barrio de Belgrano, que no conocía la leyenda, se le ocurrió tomar la calle Malvinas para llegar hasta Rivadavia.


El chofer llegó a la esquina del semáforo, espero minuto cuarenta segundos y el poste cambió de rojo a amarillo primero, y de amarillo a verde, después.

Hoy se reconoce gravemente la derrota de las ideas de los hombres sensibles. La gente prefiere los valores de la ciencia empírica antes que las metáforas. Ya no hay que leer a Robert Graves si en la televisión nos muestran a “la vida misma”.